29 y 30 de mayo
Joseba:
Día 29 (07’15 h.)
El colchón de un centro de acogida… Unas sábanas limpias… Un dulce despertar.
Son las siete y cuarto de la mañana y puntualmente llaman a la puerta de nuestra habitación… Paco nos está invitando a disfrutar del nuevo día.
Durante el kilómetro que separa el centro de acogida que lleva Paco hasta el del pueblo, Sébastien hace de Spielberg , no deja sin grabar ni un gesto, ni una frase, ni un solo paso. Nos han informado que en el ayuntamiento ofrecen a los transeúntes desayuno, comida, cena, lavado de ropa y planchado así que nos dirigimos allí “de cabeza”. La puerta de nuestra habitación se ha abierto demasiado temprano, mejor dicho, el ayuntamiento como buen organismo público, a la hora de recaudar abre sus puertas el primero pero no sucede lo mismo cuando se tiene que gastar una minimísima parte de la “recolecta de impuestos” en dar de desayunar a dos personas que tienen hambre así que nos toca esperar en la plaza principal del pueblo. Mientras, vemos como entran, por una de las puertas diferentes “compañeros de fatigas” dispuestos a facilitar información con un gesto amable a cualquier contribuyente que entre por la puerta a partir de las nueve y un minuto de la mañana. –Hola, buenos días- le obsequio a un chico joven que se encuentra en el recibidor que hay entre la puerta de acceso y el mostrador de información que no llegamos a utilizar. –Nos han comentado que aquí, en el ayuntamiento, ofrecéis un desayuno a transeúntes- le digo. –Aquí ¿- Me responde sorprendido. El tiempo es oro cuando lo utilizas en algo positivo y ese momento no era precisamente de esos, así que salimos por la misma puerta que habíamos entrado. Nos dedicamos durante unos minutos a buscar algún bar con pinta desaliñada, suelen ser algo más baratos los cafés. Dos cafés con leche y un paquete de tabaco de liar es lo que Carlos Javier, nuestro cura preferido, consigue que llevemos al estómago y a los pulmones con lo que nos sobró la víspera y aún nos queda dinero. Qué buenos administradores somos!!!
Necesitamos otra cafetería donde nos permitan, por dos euros y noventa céntimos, tomar dos cafés y consumir electricidad durante algunas horas, está complicada la cosa la verdad pero hasta hoy hemos tenido mucha suerte, o mejor dicho, nos hemos cruzado con la generosidad personificada. El café de la esquina es muy amplio, podemos dejar nuestras pequeñas mochilas, como siempre, en un rincón sin molestar. Nuevamente tenemos mucha suerte, la mesa del rincón tiene un enchufe al lado y la camarera le dice a mi compañero que el café con leche vale un euro y diez céntimos. –Dos cafés, por favor- Le pide Sébastien a la chica. Tras un mal entendido entre “el cineasta” y yo, sale del café con dirección a la panadería más cercana. Una barra de pan es lo último que podemos comprar con el donativo de nuestro samaritano. Es perfecto el desayuno y además la camarera permite que lo comamos ahí. Estoy contento pero a su vez inquieto porque a Sébastien no le llama su amigo Miguel para concretarle el ingreso del dinero que la agencia le debe de un alquiler y mi hermana Mertxe, supuestamente, iba a mandarme un giro de cincuenta euros hoy. Tenemos dos cafés calientes, una barra de pan que nuestro estómago seguro que agradece, un enchufe, dos ordenadores con los que poder trabajar y el beneplácito de la camarera así que me tranquilizo un poco.
Pasan dos horas y pico y sólo hemos consumido los dos cafés, eso no le preocupa a mi compañero que se encuentra inmerso en su trabajo pero a mi sí. Frente a nosotros se encuentra, entre otros clientes, un matrimonio holandés. Como buen fotógrafo, me he fijado que en varias ocasiones tuercen la cabeza dirigiendo sus miradas al ordenador de Sébastien. El hombre le pregunta qué está haciendo. Ha visto alguna escena del vídeo en el que está trabajando y está muy interesado. El “director” del vídeo le muestra la ya terminada primera parte y le explica una vez más toda nuestra historia. Al poco nos preguntan si queremos dos cafés. Wim y Hélène nos han salvado, tenemos electricidad por lo menos durante otra hora más. Mientras son informados de los planes de futuro que tenemos, yo me dedico a retratarles. Wim me hace más cómoda la sesión pero lo de Hélène es más complicado, la luz que entra por el cristal no es la idónea pero no me gusta que los protagonistas de mis retratos se percaten que la cámara les observa. No es sencillo cuando te encuentras a dos metros de ellos. Sébastien me comenta que a Wim le hemos dado algún tipo de idea con la fotografía, no me supo explicar qué. Nuestros dos nuevos samaritanos se despiden deseándonos mucha suerte. Lo mismo para vosotros amigos.
Ya hace más o menos una hora que Wim y Hélène se han despedido de nosotros y aún seguimos en la cafetería. Tanto Sébastien como yo nos damos cuenta que los propietarios del café nos miran bastante y no con muy buena cara precisamente. Le propongo dejar ya el trabajo pero a mi compañero no le hace ninguna gracia. -Hemos consumido cuatro cafés, no tiene por qué molestarles que sigamos aquí-, me dice él. Una de las cosas con las que no puedo es cuando alguien de alrededor se siente molesto con lo que estoy haciendo, me gusta molestar lo menos posible y se lo comenté a Sébastien antes de comenzar el viaje. Después de una larga charla salimos del local con dirección a ninguna parte. Decidimos que lo mejor es pasar el resto del día por separado y de noche vernos de nuevo en el centro de acogida. La dirección que ambos tomamos es la del río y una vez que llegamos a la esquina donde está situado correos vuelve a salir el tema. La conversación está subiendo de tono y Sébastien es una máquina de fabricar nerviosismo. Intento que se tranquilice pero sin dejar de aclarar el tema. Soy de los que pienso que la comunicación es imprescindible para llegar al entendimiento. Después de unos minutos de gran nerviosismo la cosa se tranquiliza. Esto pasa cuando se comparten veinticuatro horas al día con la misma persona, hay poco entendimiento debido a los idiomas y cada uno tiene su opinión. Es lo que suele suceder pero esta vez veía como se iba nuestro proyecto al cementerio. Son ya cerca de tres horas las que llevamos sentados en las escaleras de la acera frente a correos así que ya no llamamos la atención de la gente que pasa frente a nosotros. Todo está muy calmado y volvemos a ser esa pareja que en su momento se unió porque pensó que podíamos hacer algo bonito, algo interesante. Suena mi móvil. Mi hermana Mertxe me ha mandado un mensaje con la clave para poder cobrar el giro y unos besos. Joder!!! por fin tenemos un importantísimo dinero en un momento clave. Todo llega.
Por la mañana hemos visto un supermercado a nuestro paso hacia el café y necesitamos comer algo, un estómago vacío es un nefasto amigo de la tranquilidad. Dos barras de pan, algo de chocolate para untar, quesitos, fruta variada y unas impactantes vistas al atardecer con Portugal en la otra orilla del Guadiana consiguen darnos la tranquilidad necesaria como para cenar en ese momento. Un tiempo para trabajar en los ordenadores en el centro bajo la atenta mirada de Paco, parece que hace el descanso más merecido. Dulces sueños compañeros.
Día 30 (07’30 h.)
Esta mañana Paco nos llama un cuarto de hora más tarde, son las siete y media. Nos despedimos de él muy agradecidos y deseándole mucha suerte. –Vete al médico sin falta a que te miren esa pierna, vale?- Le animamos. Paco es un buen hombre pero parece muy solitario.
Nos dirigimos al centro de Ayamonte a tomar unos cafés y pensar lo que hacemos. Un autobús escolar ha dejado en la puerta del colegio a un montón de chicos y chicas. Es paso obligado así que atravesamos el pasillo que los alumnos abren al vernos. Son muchos los ojos que se clavan sobre nuestras mochilas y no es de extrañar. Continuamos con la ruta que el día anterior ya habíamos realizado y elegimos la terraza soleada del café de un chico gay para hacer el alto. Sentados compartimos las diferentes ideas que tenemos sobre el viaje y decidimos que podemos probar, aunque no lo permitan, a pasar una tercera noche en el centro de acogida. Una vez claro que probaremos suerte a la hora de dormir esa noche, nos ponemos en marcha en busca de un local con wifi para trabajar en el blog. Nos indican que hay uno cerca del río. Son dos chicas inglesas las que lo regentan y por cierto, con mucho gusto, es de esos lugares donde apetece pasar un buen momento del día. Estamos demasiado metidos en el blog, necesitamos haceros partícipes de nuestras vivencias a toda costa así que son muchas horas las que pasamos en este acogedor local, tantas como ocho. Según van pasando las horas el café se va llenando de ingleses y nosotros comenzamos a molestar, es de entender. Los críos pequeños se suben en los sofás que tenemos frente a nosotros sin mirar que las bolsas de nuestros ordenadores están ahí. Los padres lo ven pero no hacen nada, síntoma claro de que quieren que nos marchemos. Lo hemos entendido. Sébastien pone cara de pocos amigos porque sabe cual es la forma de actuar de los ingleses en estos casos y tomamos rumbo al centro de acogida con el ceño fruncido. Por el camino pensamos en la opción que tenemos en caso que Paco no nos permita quedarnos a dormir, donde “plantar” la tienda y no mojarnos en caso que llueva. Por la puerta sale un chico rubio, Paco le está despidiendo. El rubio llega hasta donde nosotros, estamos parados en el muro que da acceso al terreno observando la cara de quien le despide. Paco clava la mirada en mis ojos y me indica con la cabeza que no podemos quedarnos a dormir, se me cae el mundo encima. Me acerco hasta donde él para explicarle la situación y tras mucho convencerle nos da permiso para entrar. Mientras, Sébastien habla con Mira, el joven checo. Nos está ofreciendo un lugar donde poder pasar la noche junto a él en caso que no se nos permita en el centro, es una fábrica abandonada. También comenta que ya durmió dos noches en el centro hace unas semanas y que hasta pasar tres meses no podía volver, aunque salvo las nuestras, todas las camas estén vacías. Mira pertenece a la comunidad de Rainbow en Granada, una comunidad en la que todo lo que comen es natural y, entre otras cosas, no utilizan ningún tipo de tecnología. Viaja sólo con el chándal que lleva puesto. Suerte Mira, mucha suerte.
Ya dentro del centro, Paco ni nos mira a la cara, no hay sábanas para nosotros y hoy no hay derecho ducha, estamos castigados pero podemos dormir nuevamente sobre un colchón. Nosotros hemos tenido suerte, no le ha sucedido lo mismo a Mira. Con qué facilidad conseguimos convertir la vida en algo cruel.
Mira, mañana te tocará luchar de nuevo pero será otro día, esta noche te deseamos dulces sueños.
Besitos para ellas, abrazos para ellos.
Yo digo lo mismo! Muchísima suerte, Mira!!!!
Me alegro de haberte conocido….y vosotros 2 también
Besos y sorpresas agradables:)
Por: sonia el 13 Junio 2008
a las 9:52 pm