31 de mayo (07’15 h.)
Joseba:
Siete y cuarto de la mañana y nos despedimos de Paco, está con mejor cara…
Nos han indicado que cogiendo un camino interior que va paralelo a la nacional acortamos unos tres kilómetros de los doce que separan Ayamonte de Isla Cristina así que hacia allí nos dirigimos.
La ruta atraviesa por las marismas de Isla Cristina, un extenso Paraje Natural con gran variedad de aves que aprovechan la zona en época de cría. Sabíamos ya que los nueve kilómetros de trayecto hasta Isla Cristina iban a ser duros en cuanto a insectos. Como buen Paraje marismeño, las madrugadoras “comunas” de mosquitos hacen acto de aparición a lo largo de todo el camino desafiando constantemente nuestros manotazos. Los diferentes “tatuajes” que los mosquitos dejan en nuestros cuerpos van a ser mala compañía durante los próximos días pero la experiencia merece la pena. Hemos salido del centro de acogida sin antes meternos nuestra ración matutina de cafeína, ese es el motivo por el cual nuestras piernas aceleran los últimos kilómetros. Sébastien graba, cómo no, nuestra entrada triunfal en el pueblo. Ya en las primeras viviendas nos encontramos con Mostafá, un marroquí que nos indica cómo entrar bien al centro del pueblo. Nuestro nuevo amigo tiene ganas de charlar de su país y de la situación en la que vive el pueblo musulmán con el resto del mundo así que es buen momento para hacer un merecido alto y escucharle. Antes de despedirnos de Mostafá nos garantiza seguridad durante nuestra estancia en Isla Cristina, -si tenéis algún tipo de problema con alguien no dudéis en poneros en contacto conmigo, me conoce todo el pueblo-, nos comenta. Gracias compañero, lo tendremos en cuenta. Suerte en la vida.
Caminamos hacia el centro en la dirección que nos había indicado Mostafá y recibo un mensaje en el móvil, es Miguel. En el mensaje pone algo así como que el dinero de Sébastien ya se encuentra en su poder y que necesita el nombre de la localidad donde nos encontramos para enviar un giro con la cantidad. Sébastien bastante nervioso le llama por teléfono informándole dónde nos encontramos y el tiempo que necesitamos para llegar a correos, mientras, Miguel espera la nueva llamada de mi compañero. Nos apresuramos en llegar al destino y una vez allí Sébastien recibe el giro pero con la mitad de la cantidad que espera, cuatrocientos euros, toda una fortuna pero no satisface al receptor y vuelve a llamar a su amigo. Las cuentas parecen estar claras y el dinero en el bolsillo de mi compañero, nuevamente estamos salvados. Necesitamos desayunar algo en condiciones, esta vez nos permitimos el lujo de comer dos grandes tostadas con mantequilla y dos grandes cafés en un bar muy normal pero nos da la sensación de estar desayunando en la mismísima Marbella. Sébastien aprovecha mientras nos llegan los cafés para aprovisionarse de tabaco de liar, librillos de papel y un paquete de ducados rubio en el estanco. Yo espero sentado en la sombría terraza del bar relajado y con el Marca en mis manos buscando el fichaje de algún jugador por parte de mi equipo de futbol, el Athletic, la llegada de ese “pedazo” desayuno. Una joven pareja extranjera se me acerca y me dice que mi amigo les ha invitado a tomar un café con nosotros y les ofrezco dos sillas a mi lado. Eric y Sandrine son dos franceses que han comprado un barco en Isla Cristina y que piensan restaurar en el mes de junio para dar la vuelta al mundo. Yo no sé si podría pasar tanto tiempo en el mar pero reconozco que tiene que ser una experiencia impresionante. Mientras yo continúo leyendo el periódico y sacando alguna fotografía a nuestra pareja, los tres están inmersos en una conversación en francés. Eric y Sandrine han pasado dos semanas en el camping que hay en el pueblo y esa misma mañana parten de nuevo hacia Francia con la idea de volver dentro de unos días. Nuestros nuevos amigos bien se merecen un documental para nuestro blog, su hazaña lo merece pero no disponemos de tiempo, una pena. Deseamos toda la suerte del mundo a los dos aventureros.
Estamos de nuevo solos y comentamos la idea de coger por una noche la habitación de algún hostal con idea de trabajar en el blog, descansar y lavar la ropa en alguna lavandería, nos hace falta darle un “repasito” por el agua a nuestros “trapillos”. Mochilas al hombro en busca de esa habitación. En el pueblo nos indican que el hostal más barato se encuentra cerca de donde nos encontramos. Estamos en la puerta y allí no hay nadie. Una mujer que vive en la casa contigua al establecimiento nos dice que debemos ir a la vuelta y preguntar allí. Frente a ella están sentados en el suelo una señora, su hija y el chico de ella y se ve que les apetece saber de nosotros. Sébastien habla con el trío mientras yo hago lo mismo con la vecina de la hostelera. Todos nos piden la dirección del blog, otra vez, hay gente muy interesada en seguir nuestro viaje. Nos dirigimos a la vuelta, a casa de la propietaria del hostal. El precio de una habitación para dos personas es de cincuenta euros noche, no debemos gastarlo. La otra opción que tenemos es el camping donde habían pasado las dos semanas nuestros futuros navegantes, no lo pensamos dos veces, un bungalow con electricidad puede ser una buena idea. Camino del camping, en la última calle que nos encontramos antes de salir del pueblo, vemos como cuatro chicos que se encontraban en la acera de enfrente cruzan la calle con idea de invitarnos a “dos cigarros”. Los muchachos tendrán entorno a los doce años pero se les ve que para esa edad, ya es mucha la vida que tienen corrida. Se presentan como “El Navaja”, Miguel… Los motes les van que ni al pelo. Pasados unos minutos con ellos, me percato de las intenciones que nuestros “amiguitos” tienen y creo que mi compañero también. Les preguntamos que nos definan el mundo a la vez que les informamos de nuestro viaje. –Y hacia dónde vais ahora?- pregunta uno de ellos. –Hacia el camping- le respondo. Está claro que “El Navaja” es el jefecillo del cuarteto, sólo habla él salvo que nosotros preguntemos al resto y les dé permiso para contestar. –Tenéis algo de dinero?- pregunta “El Navaja”. –Pues mira, tenemos diez euros que nos ha dado el cura de La Antilla- respondo. Mi cámara, como casi siempre, se encuentra colgada de mi cuello dispuesta a disparase ante cualquier motivo interesante y nuestro “amiguito” clava su mirada en ella en varias ocasiones. Muy sigilosamente me traslado al lado de Sébastien que se encuentra apoyado sobre su “pequeño bastón” de metro y sesenta centímetros. El mío lo tengo colgado de la mochila pero tengo claro que no lo voy a necesitar por ahora. La vida me ha enseñado que en estos casos es mejor mantener cierta distancia de los interesados pero estar cerca de tu compañero. El jefe del cuarteto insiste en acompañarnos hacia el camping, dice que ellos van al cementerio que está de paso. Durante el trayecto, “El Navaja” se coloca a mi derecha, Miguel a la izquierda de Sébastien y los otros dos hacen de guardaespaldas nuestros. Al paso por una gasolinera somos invitados a un trago de agua del grifo que se encuentra en una esquina. Mi compañero se presta a dar un trago de agua fresca con nuestros “amigos”, yo estoy parado a tres metros de todos ellos sin perder de vista a ninguno y preparado por si ha llegado el momento de “echar mano” de mi bastón pero de momento tampoco hace falta. Ya caminando, volvemos a escuchar la voz del “Navaja” aconsejándonos tomar un atajo a través de varios árboles que hay detrás del cementerio. –Nosotros vamos por la carretera, gracias- le contesto. Durante unas decenas de metros las cuatro “sanguijuelas” desfilan tras nosotros al otro lado de la carretera y desaparecen sin dejar rastro mientras nosotros comentamos el tema y echamos unas risas a cuenta de lo vivido. Buena experiencia.
Estamos frente al camping sentados esperando que nos de el aire un poco y haciendo chistes antes de entrar.
En la recepción hay una chica muy simpática pero que no le entiende casi nada a un liado Sébastien que se quiere informar en un breve espacio de tiempo de toda la historia del camping. Colocamos nuestro “chalet” en la zona que nos indican ante la atenta mirada de nuestros nuevos vecinos y vamos a descubrir por nuestra cuenta las instalaciones. Parece que el camping cumple con nuestros requisitos para decidir pasar dos o tres días en él. Disponemos de zona wifi y electricidad las veinticuatro horas, un caro mini supermercado y la posibilidad de que nuestras pertenencias estén a buen recaudo.
Es momento de trabajar en el nuevo blog y descansar sobre la arena pero a cubierto después de vivir nuevas experiencias. Mañana será otro día…
Besitos para ellas, abrazos para ellos.